Krahe y la civilización

De Proyecto Krahe

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Miguel Barrero.
miguelbarreroarrobagmail.com

Aunque resulte extraño a estas alturas, aún quedan artistas que no se dejan caer por las fiestas de guardar, que huyen de los fastos promocionales como alma que lleva el diablo y pasan de salir en la tele porque no necesitan más respaldo que el que les ofrece su propia obra. No hace falta rastrear demasiado en tan selecto grupo para toparse de bruces con un individuo flacucho, escuchimizado, quijotesco, que (para desesperación de los gurús de lo musicalmente correcto, tan duchos a la hora de llenarse los bolsillos como indefensos cuando se trata de buscar una explicación a todo -y no es poco- lo que escapa a sus postulados) jamás ha ganado un premio ni puede presumir de ventas millonarias y, sin embargo, no para de llenar aforos por doquiera que pise. Y no de cualquier manera. Asistir a un concierto de Javier Krahe, contemplar de primera mano su maestría escénica, es asistir a una suerte de ceremonia de confraternización entre varios centenares de amables desconocidos en torno a unos versos que, sin quererlo, terminan por ser más esclarecedores que todos los tratados de psicoanálisis que en el mundo han sido. Bajo las rimas inesperadas, tras la cortina de unas narraciones surrealistas o directamente hilarantes, creen encontrar las claves de un tiempo y un mundo que día a día se les oculta tras los ríos de tinta de los periódicos, y por ello salen de allí felices, exultantes, con la firme esperanza de poder asistir una vez más a un milagro cuyo artífice, entre bambalinas, no alberga más intención que la de tomar unas copas antes de emprender el regreso a casa. Porque lo mejor de todo esto, lo que cierra completamente este círculo de cábalas y cicatrices, es que a él esta historia le gusta. Y se le nota.

El pasado.

Por aquello de ubicar los hechos, debemos aclarar que estamos en la localidad asturiana de Mieres, que es de noche, que hace frío y que Javier Krahe (Madrid, 1944) acaba de finiquitar un concierto tras citar a su público con un "nos vemos en los bares" en el que no hay nada de ficción. Minutos después, está sentado a la mesa de una cafetería ante un whisky con agua y bromea a costa del programa que Cajastur (la entidad organizadora del concierto) ha editado para la ocasión: "Pone que viví en París, y no es la primera vez que lo leo, y yo lo más que he estado en París han sido doce días. No creo que a eso se le pueda llamar vivir en un sitio". Donde sí residió fue en Canadá, pero para llegar a ese punto hay que pasar necesariamente por otras fases previas. Concretamente, por el madrileño Colegio del Pilar, una incubadora de personalidades ilustres, donde nuestro hombre se vio calentando los pupitres. "Allí estudió Aznar, pero no conmigo, yo le saco algunos años. Con quien sí coincidí fue con algunos que luego serían ministros con la UCD y el PSOE". Lejos de mitificar, aclara que "yo en el colegio no me lo pasaba nada bien, cómo me lo iba a pasar bien; a mí aquello de estudiar no me gustaba nada. Yo sólo me lo pasaba bien en los recreos, o cuando nos ponían alguna película. En clase, nunca". Luego abandonaría sus estudios, se trasladaría a Canadá durante unos años ("sólo trabajé durante cinco meses en una librería y me echaron por leer", confiesa) y regresaría a España para dejar que todo empezase en La Mandrágora, aquel bar de La Cava Baja madrileña que ya se ha convertido en todo un mito para quienes gustan de las voces cazallosas y el verso inteligente. "Me lo pasé muy bien, pero no lo echo de menos. Íbamos allí y cantábamos, y ya está. Nos divertíamos". Por el celebérrimo antro pasaba buena parte de la intelectualidad izquierdosa, y allí un periodista llamado Fernando García Tola reclutaría a Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez para engrosar las filas de colaboradores de su programa Si yo fuera presidente. Los más talluditos aún recuerdan el escándalo (eran otros tiempos) que supuso el que Krahe propagara a través de las ondas su versión de la Marieta de Brassens, en cuya letra se repetía más de dos y de tres veces la palabra gilipollas, y también los conciertos satírico-festivos que ofreció al alimón con el Sabina por distintos teatritos de la geografía patria. Los dos amigos seguirían luego derroteros musicales muy distintos. Más anglófilo el de Úbeda, igual de inclinado nuestro hombre por las reminiscencias de la chanson française, aunque Krahe no duda en lanzar una inofensiva puya a su amigo del alma: "Él en las entrevistas siempre va a hablar de Dylan, pero Brassens también le gusta". Desde entonces, periodistas e improvisados hagiógrafos han terminado por trazarle a Krahe una biografía apócrifa que discurre por senderos paralelos a los que realmente siguieron sus pasos. Él se lo toma a broma. "Una vez, un periodista de Valencia me entrevistó y me preguntó: '¿Pretende usted cambiar el mundo?' Yo le respondí: '¿Pero qué me estás contando?'. Pues bien... Al día siguiente, el titular de la entrevista era Javier Krahe: "Pretendo cambiar el mundo". ¿Y qué vas a hacer? ¿Enfadarte? ¿Pedir explicaciones? A mí en el fondo me da igual... Quizás la culpa es mía por no haber vivido nunca en París".

Las canciones.

Krahe son sus canciones, y ellas son él mismo. Para percatarse de ello no hay más que escucharlo referirse a ellas o atender a los sucintos resúmenes que hace de sus argumentos, en los que él siempre aparece como protagonista indiscutible. Uno escucha Huevos de corral o Carne de cañón (al chilindrón) y piensa que tales desmanes líricos carecen de mérito alguno, que cualquiera podría emular el procedimiento para obtener idénticos resultados, pero basta una tímida tentativa para percatarse del error. Las letras de Krahe pueden parecer sencillas, diáfanas, fácilmente imitables, pero esconden mucho trabajo detrás. Tanto, que autor confiesa que a veces emplea "unos cuatro años" en dar por terminada una canción. Las fuentes de inspiración son diversas, pero es muy raro que varíe el modus operandi. "Lo normal es que se me ocurra una frase y vaya tirando de ella a ver qué sale, así hice la mayor parte de mis canciones, aunque en algunas, como ¿Dónde se habrá metido esta mujer?, partí de una idea, la de la mujer que se va de casa porque su marido es un imbécil, que fui desarrollando luego". No oculta que siente querencia por la rima inesperada, por esas palabras que aparecen de repente y se quedan resonando en la cabeza durante horas, días o toda una vida. "Me gusta usar expresiones de la calle. Yo creo que soy el único que dice en una canción manga por hombro, como en Ron de caña, aunque claro que antes va lo de mi autoestima por la tarima, que ya es más rebuscado. De todos modos, ahora estoy tratando de hacer canciones sin rima, digamos que tengo más facilidad de la habitual para rimar y estoy probando de otra manera a ver qué pasa". Javier López de Guereña interviene, en clave humorística, para completar el proceso de composición: "Él viene y nos dice: 'He escrito una canción: ésta es la letra y los acordes van aquí'. Entonces, nosotros le decimos: 'No, Javier... Los acordes no van ahí'..." Puede decirse que Krahe lleva toda la vida tocando con los mismos músicos, pero aún así todavía quedan secretos que terminan desvelándose de la forma más casual. Interrogado al respecto, el cantautor asegura que nunca habrá una segunda parte de La Yeti, pero reconoce que llegó a escribir tres versiones de una hipotética continuación que, según parece, jamás llegará al estudio. Uno le pregunta cómo transcurría, y es entonces cuando Krahe se introduce en el microcosmos de sus versos para iniciar el relato: "Bueno, pues yo me quedaba solo por el Himalaya, seguía unas pisadas y de repente me encontraba ante la Yeti, que era grandota, peluda y suave. Ella se me quedaba mirando y yo, temiendo que me atacara, sacaba de mi bolsillo una chocolatina y se la ofrecía, y entonces se tiraba sobre mí, terminábamos los dos sobre la nieve y el último verso decía: La nieve es confeti cuando estoy con mi Yeti".

Otras canciones que ha escrito y que sí piensa grabar -todas, o su mayoría, "basadas en hechos ficticios"- llevan tiempo sonando por los escenarios donde toca. Así, piezas como Eros y la civilización, No todo va a ser follar ("que en realidad no se titula así", matiza, "sino Paciencia") o Vinagre constituyen una especie de clásicos modernos para sus más acérrimos seguidores. Con los otros clásicos, los de verdad, no tiene demasiadas contemplaciones. "En Mieres canté Un burdo rumor y Marieta en los bises, pero hay muchos recitales a los que ni siquiera las llevo", explica. Y además, con alguna que otra pieza relativamente reciente tiene que cuidarse muy mucho. En los conciertos, antes de atacar La perversa Leonor, avisa: "Ahora dirán que es oportunista, pero la escribí hace siete años. De todas formas, espero que la niña, cuando crezca, se divierta como quiera". De otras se siente especialmente dichoso: "Me llena de orgullo el que Rouco Varela esté enfadado conmigo porque le dediqué en un concierto Los caminos del Señor".

La infamia.

Retrocedamos ahora hasta el mes de febrero de 1986, en pleno periodo de carnestolendas. Joaquín Sabina, el antiguo compañero de La Mandrágora, anda en vías de encaramarse a los más altos cajones del podio de la música popular española y ofrece un concierto en el teatro Salamanca de Madrid. De allí saldrán un doble disco en directo y un programa que retransmitirá Televisión Española. Sabina llama a cuatro amigos para que le acompañen sobre las tablas: Luis Eduardo Aute, Javier Gurruchaga, Ricardo Solfa (heterónimo del catalán Jaume Sisa)... y Javier Krahe. Días atrás, se había filtrado ("supongo que porque el Sabina se fue un poco de la lengua", barrunta el interesado) que el autor de Villatripas llevaría bajo el brazo una canción con la que expresaría su oposición más que rotunda a la permanencia de España en la OTAN (una postura que el entonces presidente del Gobierno, Felipe González, y con él todo su partido, también había defendido en su etapa en la oposición). La respuesta de TVE fue fulminante. Si Krahe cantaba, su intervención no sería retransmitida en el especial televisivo. Se le censuraría. Como era de esperar, Krahe cantó. Y la amenaza se hizo realidad. "Cuando empecé Cuervo ingenuo", recuerda hoy con el ceño medio fruncido, "vi cómo las cámaras se apartaban de repente, plaf, y dejaban de grabar. La gente aplaudía, pataleaba, me jaleaba, y no quedó registrado nada de eso en televisión". Sin embargo, en el documental Ésta no es la vida privada de Javier Krahe (que se comercializa junto al disco homenaje ...Y todo es vanidad) sí aparecen imágenes de aquel recital. Y además, como señala López de Guereña (que se encargó de montar esa parte de la cinta), "el vídeo estaba realizado, sólo faltaba el sonido y era muy raro porque había desajustes entre la imagen y la grabación que había quedado en el disco de Joaquín". Krahe no sabe de dónde salió ese documento, "ni tampoco unas imágenes que hay de La Mandrágora, yo no recuerdo haber visto una cámara en todos los años que me pasé cantando allí". Pero la ignominia no acabó con el último acorde del concierto sabiniano. "Me pasaron muchas cosas cuando aquello, y todas muy desagradables", recuerda en tono quedo un Krahe cariacontecido. "Me llamaban a casa para amenazarme, y aquel verano tenía nueve actuaciones contratadas que, sorprendentemente, se cancelaron. Sólo se mantuvo una, en Hellín, y cuando llegué allí la concejala de Cultura, que era del PSOE, me dijo que había tenido que amenazar con dimitir para que me llevasen". Sostiene que, pese a todo, tales maniobras no afectaron a su trayectoria profesional, aunque sí dejaron cierta huella en él ("lo único que sentí fue descubrir la baja estofa de nuestros políticos") e irrumpe en carcajadas al comentar que "yo había escrito Cuervo ingenuo pensando que no se cantaría en las manifestaciones, que la gente iría por la calle gritando 'OTAN no, bases fuera' y no 'Hombre blanco hablar con lengua de serpiente', pero en la manifestación multitudinaria que se hizo en Madrid, a la que además no fui, los organizadores la pincharon en un tocadiscos al final. Date cuenta, era ministro de Cultura Jorge Semprún, que se había pasado veinticinco años como Federico Sánchez tratando de montarle una huelga general a Franco, y resulta que se la montan a él y al final le ponen mi canción". Ahora bien, Krahe añade -para sorpresa de todos, incluido Javier López de Guereña, su músico del alma- que "en realidad Cuervo ingenuo había empezado a escribirla mucho antes y ni siquiera estaba dedicada a Felipe González. Era un tema que iba dirigido a Calvo Sotelo en la época de la crisis energética".

Pero el de Cuervo ingenuo no fue el único capítulo ignominioso en la obra de Krahe. También tuvo que ver cómo la discográfica CBS mutilaba el final de su canción El hombre, el oso y el madroño, en la que se hacía una tímida alusión al cannabis. Él no habla mucho del tema (se limita a decir que por culpa de esa historia tuvo "una discusión muy fuerte en un despacho"), y a lo largo de las horas siguientes tampoco hará referencia alguna su epopeya anti-OTAN, pero quizás le brote alguna reminiscencia de tan arrabaleros agravios cuando, al hilo de otro tema, comenta que "Borges escribió la Historia universal de la infamia, y yo siempre digo que voy a escribir la Infamia universal de la Historia".

Los conciertos.

"El trabajo es una maldición, lo dice La Biblia". Fiel a esa máxima, Krahe reparte a lo largo del año sus quehaceres sobre el escenario con una sabiduría envidiable. "Doy del orden de sesenta conciertos, y desde hace unos años no trabajo en todo el verano". Así, entre octubre y junio, ambos inclusive, distribuye sus dotes comunicativas "por garitos y teatros, sobre todo los primeros" a razón de uno o dos recitales por semana, y cada diciembre toca durante quince días en el Café Central de Madrid. Contrariamente a lo que les sucede a otros artistas, el estío constituye su tiempo muerto. "El verano es para descansar, y además corres el riesgo de que te pongan a cantar en un lugar abierto, y eso sí que no. Sólo cedí una vez, cuando me llamó un amigo de un pueblo que está a cincuenta kilómetros de Zahara de los Atunes [la localidad donde veranea] para contratarme una actuación. Yo le dije que nunca tocaba en verano y él respondió: '¡Krahe, maricón, pero zi eztamo a sincuenta kilómetro!...'

Una única norma rige sus conciertos: él canta lo que le da la gana y nunca, nunca, accede a peticiones del público. Pero esta vez, en Mieres, ha habido una excepción. La Marieta que puso fin al concierto no estaba prevista en el programa, pero "me la pidió un niño, bueno, un chaval de once o doce años que estaba en la primera fila con sus padres, y bueno, pues la canté". Así que, al margen de fortuitas incursiones en el sentimentalismo, no es hombre que se ande con remlgos. Cuando un voz emerge de entre el público para solicitarle De niña a lavabo, tardad muy poco en responderle que "ésa la escribí para que no me la pidiera nadie"; y cuando es La hoguera la que le reclama un grupo de admiradores que deben de rondar su misma edad, no duda en amonestarles por su conducta: "¡Qué obsoletos!". De todos modos, sus buenas formas y la vitalidad de su repertorio consiguen que todos terminen dando por bueno el repertorio. Krahe tiene a dar sorpresas, y de hecho se la dio al mismísimo Georges Moustaki (a quien le une un más que notable parecido físico) a través de las ondas catódicas: "Él vivía en España por aquel entonces, y hubo un concierto televisado en La Coruña en el que cantábamos varios... Moustaki lo estaba viendo en su casa, por la tele, y al verme a mí subir al escenario pensó que era él y casi le da algo", comenta entre carcajadas. "De repente se vio a sí mismo, o sea a mí, y exclamó: "¿Pero qué coño estoy cantando?".

***

Las horas pasan y Krahe emprende la retirada hacia el hotel. Al día siguiente regresarán a Madrid -a López de Guereña lo reclama el cumpleaños de su hija- y a la semana siguiente tienen que dar más de lo mismo -que es mucho- en Sabadell. Los dos se alejan silenciosos calle abajo hasta que el guitarrista, incapaz de contener su curiosidad, mira al sexagenario cantautor y le pregunta: "¿Cómo era aquello de la nieve y el confeti?"

Miguel Barrero
Noviembre de 2005

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